A mi el dolor.
A mi la pena.
A mi
todo lo que me haga sentir.
Todo lo que me demuestre
que no estoy muerto.
Que se quiten las medias tintas.
A la mierda la indiferencia.
A la mierda el saber estar.
El agobio, los mareos, los vómitos y la sangre.
Que venga todo.
Que me maldigan, odien, y escupan.
Voy a llenar la ciudad de cerotes...
martes, 16 de abril de 2013
A un borracho...
Te leo. Escucho tus palabras. Como resuenan en mi cabeza. No te soporto. Lo haces fácil. Hablas con desprecio. Pero ya no eres tú. Ese rencor que durante tanto tiempo cultivaste, desaparece, y solo veo indiferencia. Hablas por encima de todo. Tus palabras vuelan por encima de cualquier moralidad.
Tardaste sesenta años en encontrarte. En poder estar a gusto en ese escaparate. Sesenta años en los que seguías doliéndote de los azotes de tu padre. Sesenta años necesitaste, pare no esconder en el alcohol tu miserable vida. Preferiste ser un borracho odioso, a ser un viejo nostálgico, y lo que encontraste en el alcohol fueron los dos.
Tardaste sesenta años en encontrarte. En poder estar a gusto en ese escaparate. Sesenta años en los que seguías doliéndote de los azotes de tu padre. Sesenta años necesitaste, pare no esconder en el alcohol tu miserable vida. Preferiste ser un borracho odioso, a ser un viejo nostálgico, y lo que encontraste en el alcohol fueron los dos.
a Hank
Por el fin...
Me miráis con misericordia.
Como si mis palabras fueran
las de un demente.
Delirios
de una cabeza enferma.
Borracho de trascendencia.
Quien sabe...
Puede
que estéis en lo cierto.
Quizás sean las palabras de un loco.
Y es que,
cuando este mundo
se vaya a la mierda,
me encontraréis
riendo.
De poco servirá
esa buena voluntad
que os arropa por las noches.
Y aún de menos,
vuestra percepción del bien y del mal.
Desde mi rincón
disfrutaré observando,
como todos nuestros destinos
se juntan
en un mismo olvido.
Como si mis palabras fueran
las de un demente.
Delirios
de una cabeza enferma.
Borracho de trascendencia.
Quien sabe...
Puede
que estéis en lo cierto.
Quizás sean las palabras de un loco.
Y es que,
cuando este mundo
se vaya a la mierda,
me encontraréis
riendo.
De poco servirá
esa buena voluntad
que os arropa por las noches.
Y aún de menos,
vuestra percepción del bien y del mal.
Desde mi rincón
disfrutaré observando,
como todos nuestros destinos
se juntan
en un mismo olvido.
domingo, 14 de abril de 2013
Cilicio...
Me puedo levantar.
Sé que puedo salir
de esta cama.
De estas costuras
que me han cosido la piel.
Si quisiera podría tirar.
Solo es carne.
Solo sería dolor.
Solo sería un momento.
Sé que puedo salir
de esta cama.
De estas costuras
que me han cosido la piel.
Si quisiera podría tirar.
Solo es carne.
Solo sería dolor.
Solo sería un momento.
domingo, 31 de marzo de 2013
Corazon negro...
Tristeza
por ver mi corazón negro.
Por sentir
que dejo de sentir.
Veo como se escapa
la bondad,
como el ocaso.
Quiero que vuelva,
con su alegría y su sol.
Quiero mentirle.
Decirle, que aún
hay esperanza.
Pero las palabras no suenan.
No me quiere escuchar.
Está mejor allá,
donde la idolotran.
Lejos de mi excepticismo,
de mi recelo.
Corazón negro éste que tengo.
por ver mi corazón negro.
Por sentir
que dejo de sentir.
Veo como se escapa
la bondad,
como el ocaso.
Quiero que vuelva,
con su alegría y su sol.
Quiero mentirle.
Decirle, que aún
hay esperanza.
Pero las palabras no suenan.
No me quiere escuchar.
Está mejor allá,
donde la idolotran.
Lejos de mi excepticismo,
de mi recelo.
Corazón negro éste que tengo.
No es mío.
No.
Este, es prestado.
El mio,
está escondido.
A salvo de mi.
No.
Este, es prestado.
El mio,
está escondido.
A salvo de mi.
martes, 26 de marzo de 2013
Apnea...
Según mi hermana, de
pequeño me daban ataques de ira que hacían que dejase de respirar. Me ponía
azul hasta que lograban que arrancase a llorar. Ella siempre cuenta lo mal que
lo pasaba. Yo supongo que tampoco lo debería de pasar muy bien. En fin, algo de esa
cabezonería y mala leche siguen en mi. Hay días o momentos del día que siento
la irreparable necesidad de destrozar.
Hoy es uno de esos días.
Esos días de destrozar porque si. Porque a veces quieres acabar con todos y con
todo. Ese ansia de romper cuanto se te cruce en el camino Ese instinto de destrucción del que hablaba Schopenhouer. El hacer que todo vuelva a su estado incial de calma, através de la fuerza. Destrozar todo por que si. Incluso a uno mismo. Especialmente a uno mismo.
Que más da porqué.
Simplemente no son días para la lógica. No entiendes el mundo, y sin embargo
cuando la mente se nubla es cuando todo tiene mayor sentido. Entiendes los
fanatismos y las demás barbaridades que se hacen a diario. ¿Pero acaso ellos no
se darán cuenta que es un estado transitorio? ¿Porque salir a la calle en un
día así? ¿Como no recogerse antes de que puedas hacer algo de lo que te
arrepientas?
Si entiendes que nada dura, ¿como dejar que un estado de obcecación
transitorio, pueda influenciar tu vida y la de los que te rodean? Claro que una
vez que has hecho algo salvaje en un estado como este, la mejor salida es
quedarte en él. Atrapado en tu propia locura, intentado justificar tus actos
empañando tu foto con aún más manchas.
Ya respiro. No quiero
destruir. Solo encerrarme. Mañana seré otra vez normal.
Bruna...
Soltando el aliento, puse
la cruceta sobre su pecho, y busque el gatillo. Estaba frío.
Vi como oteaba el
horizonte, ajeno a mi presencia. Era bonito. Elegante. Mientras lo observaba
por la mira me preguntaba a mi mismo a que estaba esperando. Nada bueno podía
salir de esa pausa. Sabía lo que tenía que hacer, pero me resistía. Algo me decía que aquello era actuar
por actuar por actuar. Hacer lo que estaba estipulado. No había ninguna razón para quitarle la vida a aquel pobre bicho. Vacilé y el pareció
percatarse. Clavo su vista en mi, y cualquier duda que todavía pudiese
albergar, se disipó. Levanté el rifle, y lo deje correr.
Se notaba el miedo en él.
Los perros sonaban de fondo. Antes de que desapareciera tras el cerro, se paró y
me miro de nuevo. Parecía no entender la situación. El porqué de mi piedad. Vi
el tiro antes de que su eco resonase en todo el valle. Lo descerrajo. El humo
aún salía del rifle del tirador del puesto de al lado. Suspiré y el frío de la
mañana condenso mi resquemor. Puse el seguro y me senté.
En el camino de vuelta a la casa, pasé por lo que quedaba de él. Hacía menos de una hora corría libre ante
mis ojos, pero nada quedaba de esa fluidez.
Su cuerpo estaba rígido como una piedra. Su mirada elegante estaba partida en dos, como
consecuencia de la salida de la bala. Apenas se podía reconocer un cráneo en
aquel amasijo de carne y huesos. Los sesos en el suelo y el cuerpo retorcido,
víctima de la brutalidad del impacto. Todo para la elegancia.
Me parece enfermiza la
rapidez con la que la vida se va. Como se esfuma dejando atrás todo cuanto se
ha palpado y sentido. Como diría Manrique, tan callando. En una hora su cuerpo
era la máxima expresión de la muerte. No había calor. El rigor morti unido al frió invernal, le habían dejado completamente tieso.
En los ojos salpicados de
sangre de aquel zorro intenté imaginar como serían los míos una hora después de
que la muerte me llevara a mi también. Como mi cuerpo no sería mas que una residuo inútil.
Mis pensamientos saltaron de la caza a las guerras. ¿Como sería
estar rodeado de cuerpos duros como piedras? Piedras que habrías conocido en
vida. No, no logré asimilarlo. Y mi subconsciente me trajo a mi memoria lo más
parecido que había vivido a eso.
Cinco años atrás un yo más
joven observaba el cadáver de un perro. Era una labrador chocolate, o lo había
sido en otro tiempo. Lo que de ella quedaba era un guiño de la perra que un día
había sido.Su piel se había vuelto dura, y sus articulaciones rígidas Su
lengua fuera. Su tripa hinchada. Recuerdo que aquella postura, que tan natural
me parecía siempre que dormía, había perdido todo rastro de normalidad muerta. Recuerdo lo que sentí mientras la enterraba.
El suelo estaba duro. Cada
palada era una lágrima, y con cada palada moría un poco. Me sobrecogió la ira,
la rabia, la impotencia, y todos los sentimientos que por allí pasaban. Tuve
que parar. Tire la pala lejos y me recosté sobre un árbol y lloré en silencio por sus
recuerdos.
La verdad es que aquella
maldita perra tenía una vida llena de historias. Había pasado por todos los
momentos importantes de mi vida, y de algunos incluso había formado parte. Era
una perra extraña.
Recuperada la compostura,
busque la pala y volví al agujero. Después de más de media hora de cavar,
consideré que ya era suficientemente hondo. Me acerqué a ella, y al cogerla de
las patas para levantarla, pensé que la podría hacer daño y solté de inmediato. Al segundo me sentí estúpido. Me enfadé conmigo mismo y con ella. De poco importaba ya su artritis. Le pedí
que me gruñiera. Que se quejara. Que me pusiera esos hocicos tan feos que ponía
cuando la regañaba. Cuando me quise dar cuenta la estaba pegando.
Recuerdo con horror
aquello. La impotencia me turbaba y cada
vez la golpeaba más y más fuerte. Esperaba una queja, un gruñido, un
movimiento, una reacción de cualquier tipo, pero no había respuesta. No había
nada. Solo muerte por su parte y un sin fin de sentimientos por la mía. Había
cariño y resquemor. Pena y remordimientos.
De todas las cosas que no
me gustan en este mundo es la fragilidad de la vida. El rigor de la muerte. La
intrascendencia de todo cuanto nos rodea. No quiero vivir en un mundo así, pero
no conozco otro. Si tengo que vivir en este mundo inhóspito, mejor vivir donde
haya cariño.
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