domingo, 19 de noviembre de 2017

Sanseviera...

A primera vista todo sigue igual. Pero sólo hace falta un momento para entender que no es así. Todo ha cambiado. No hay migas de galleta en el sillón, los armarios están cerrados y no hay pelos en el baño. La casa está muerta. Sin vida. La planta me mira y no entiende. Y yo no se que decirla.

Son los detalles los que enriquecen la vida. Las pequeñas cosas. Ésas que en el día a día pasan desapercibidas y sólo echas de menos cuando no están. Las cosas que me hacían disfrutar, ahora las aborrezco. No es lo mismo si no lo compartes y duele con solo pensarlo. Las cosas que antes me sacaban de quicio ahora las extraño. Jamás pensé que se podía echar de menos los ronquidos...

sábado, 18 de noviembre de 2017

Exorcismos...

Pereza.
Falta de motivación.
Vacío.
Soledad, en una sola palabra.
Soledad y pena. Vaya, eso son dos. Que más da. Nunca me gustaron los matemáticas demasiado.

No tiene ningún sentido darse pena cuando eres tu mismo el que te has llevado a esa situación. ¿Pero que tiene sentido hoy en día? Desde luego yo no. Supongo que hay una parte de masoquismo oculta dentro de mi. Hay quienes se autolesionan. Se cortan con cuchillas y ven como la sangre brota. Yo simplemente dinamito mi felicidad. Hablando de personas tóxicas, aquí estoy yo. Encantado de haberme conocido. Ni siquiera. Porque me odio un poco. Odio hacer sufrir a la gente a la que quiero, porque aunque muchos no se lo crean, si soy capaz de querer. Y mucho. Pero mi forma de querer no parece ajustarse a lo que los demás esperan de mi. Y es que odio que la gente espere algo de mi. Odio generar expectativas. Todo lo malo empieza cuando se espera algo de alguien, empezando por ti mismo. Lo que me lleva a lo siguiente: ¿Y que leches espero yo de mi? ¿Grandeza? Nah, implica un esfuerzo demasiado grande y como he empezado escribiendo, la pereza ocupa el ochenta por ciento de mi tiempo. Otro treinta por ciento Mediterraneo y el diez que me sobra, a mis nostalgias., porque las nostalgias siempre tiene que echarse de más, nunca de menos.

Es un pequeño gran delirio esto que me obligo a hacer. Escribir sin pararme a pensar. Un exorcismo propio, fácil y sencillo y para toda la familia. Un ordenador y tu mente. Antes era una hoja en blanco. Antes tenia más fuerza, pero la pantalla blanca baña todo con una luz mortecina que el papel no tiene. Tanto para la tecnología y el avance. Avance. Que palabra tan grotesca para los que la vemos desde la barrera. La gente avanza, y yo los veo pasar, preguntándome si alguien sabe realmente a donde coño va. Tienen que saberlo. Se les ve tan seguros y decididos... Pero algo me dice que es todo apariencia. Pretenden saber de que cojones va todo. Y creo que es eso justo lo que me alta a mi. Convicción. Convencerme de que hay algo por lo que luchar. Algo que merece la pena. Apostar y ir sin miedo. Sin mirar atrás. Convencido y sereno que me dirijo a donde debo. Certeza y seguridad. Si. En estos últimos dos años, he aprendido mucho de lo que hay que hacer para ser una buena persona. Lo malo es que sigo siendo ese niño que todo se pregunta. El del moco colgando. Y no pudo dejar de pensar que esa certeza es una gran mentira. Y no digo que no sea una buena mentira. Sin dudas hay mentiras por las que vale la pena luchar. Solo digo que yo no me la creo. No es mi mentira. Y cuesta pelear por una mentira en la que no crees. Si pudiese la haría mía, y viviría como ellos. Capaces y seguros, sin estar asustados de todo lo que les rodea. Con la incertidumbre del mañana y la soledad acuciante. Con el agobio de estar en el centro de un remolino. Todos se mueven a tu alrededor y tu no puedes más que mirar lo satisfechos que parecen. Como la vieja que se esconde detrás de las cortinas mientras espía a los viandantes, yo les miro y les estudio fascinado. Y cuando me toca a mi andar y ser mínimamente feliz, me pongo la zancadilla. Y es que ¿Quien quiere ser feliz pudiendo ser miserable? Parece casi de mal gusto, ¿verdad?

viernes, 17 de noviembre de 2017

Capuletos y Montescos...

La adversidad como telón de fondo.
Nos repartimos los recuerdos.

Míos son
tu voz y tu rostro.
La sombra de tu alegría.
El desafío de sentir,
la piel más suave,
la carne
trémula.
El abrazo de la mañana.
Tu sonrisa ciega,
y la memoria
de una ilusión eterna.

Para ti,
mi mejor yo.
Ese que sacaste de mi.
El que creaste
de donde solo había malestar
y ego.
Ese es,
y siempre será
tuyo.


Demencia...

Y allá va... mi vida. Idílica toda ella. Mírala. Mira como se aleja, flotando a duras penas, como un zurullo cuando tiras de la cadena. Vueltas y vueltas por el desagüe.

Que alguien apague ya el puto tiovivo. No más motos, ni niños muertos. Si Demencia me quiere, Demencia me tiene. La buena de Demencia me rodea y me abraza, y si Demencia te llama, tú no puedes no escucharla, porque Demencia es persuasiva. Parecida a su hermana Karma, pero mucho mas sádica. Y su forma de hacerse escuchar es meterse en tu vida, quieras o no. Bicis de por medio. Así que sin más dilación, Demencia, aquí me tienes. Demencia tú, demente yo.

 Que vuelva el alcohol y los excesos. Las vocecitas y los dialogos internos. Que vuelvan los trastornos del sueño, y los esbozos en los cuadernos. La incomprensión de la mano, mientras paseo por las calles de una ciudad que me introspeciona desde cada ventana. Un dentro fuera que me marea y me viola. Yo paseo por las calles, y las calles pasean por mi. Todos y cada uno de sus pies recorre mi cuerpo, y me doblegan.

¡Brazos al suelo! ¡Esto es una mierda! La tuya. En tu cara. Acéptala. Últimamente parece ser lo único que sabes hacer. Aceptar y ceder, a la lucha. A las adversidades, con los brazos bien abajo. Por debajo de las rodillas. Cual simio, pero sin dignidad alguna, la fatalidad me encuentra con cara de tonto y solo puedo poner la otra mejilla. Mejilla malintencionada y engreída, que provoca aún mas ira.

Todo un éxito. El fracaso como marca de identidad. La jodida sombra del perdedor. Del que se rinde. Del que cede. No ante un enemigo, sino ante su destino. Ése en el que no crees y pese a todo siempre te acaba encontrando. ¿Y que haces cuando te encuentra? Pues dejas caer tu escudo, luego tu lanza, y con toda la pesadez del mundo, te quitas el casco y respiras. Y parece que es la primera vez que lo haces. Quiero creer que la primera bocanada de aire es como la última. Rara y especial. Mágica. Y mientras estás ensimismado en esa sensación largo tiempo olvidada, llega la primera lanzada, directa al hígado. Se produce un ligero paréntesis de silencio y frío, suficiente para mirar al cielo y ver los cuervos volar. Y por fin como la crónica de la muerte anunciada que es, llega un severo mazazo directo a la sien. Luego el suelo.

Todos al suelo. Esto es una mierda...

jueves, 31 de agosto de 2017

Ba bling...

Ese momento genial en el que te das cuenta de que en tu vida, no existe un estado temporal de locura y descontrol, sino que es tu propia esencia. Algo así como tu sello de identidad. Que tu búsqueda no corresponde a la juventud ni a la pubertad. Que es algo que está enterrado junto a las raíces de lo que eres. Que vas a estar perdido toda tu puta vida. Y que cuanto antes lo asumas y dejes de intentar buscarte, mejor será para todos.

Baila maldito, baila...

Siempre habrá ese estigma en mi corazón. Un aliento alcoholizado y una sombra más oscura que la noche. Siempre habrá esa furtiva atracción hacia la decadencia y la nostalgia, pero mientras haya razones por las que tener ilusión, la decadencia puede esperar. Ya habrá tiempo para la destrucción. Se quiera o no, siempre acaba por llegar. Ahora disfruta idiota, disfruta. Sigue la música, aunque tu no sepas bailar...

Lo que queda...

Porque la tortura y la pena,
el desconcierto, y la ausencia,
es lo que se queda.

Los recuerdos limpios y enlucidos, amarillean. Van perdiendo veracidad mientras ganan sentimiento.
Y la realidad tampoco ayuda. Se desdibuja, hasta el punto que acabas pasando las noches abrazado a un recuerdo que nunca ocurrió.

De las verdades que nunca fueron, nacen las mentiras del mañana. Y así se pasan los días, flotando entre lo que fue, y lo que pudo haber sido.