Sonríe.
Sonríe en si misma.
Ella,
y su sonrisa vertical.
sábado, 6 de febrero de 2016
domingo, 6 de diciembre de 2015
Un hermano...
Aún me acuerdo de ese brillo. Aquella mirada nítida y limpia. Todo era de lo más normal, hasta que apareció aquella distorsión al otro lado del espejo.
Recuerdo un gesto. Un hilo de luz. Una mueca, como si desde lo más profundo de aquella mirada, alguien me sonriera. Y sin saber como, mi pupila dejo de ser mi pupila, y se convirtió en la suya.
Vi toda la maldad que un brillo puede engendrar. Sentí su frío como un calambre. Un frío, mezquino y despiadado recorriendo mi cuerpo. No había voces. No hacía falta. Su pensamiento era el mío. Supe lo que él sabía. Supe lo que se proponía. Quería salir. Quería salir y yo no sabía frenarlo.
Incapaz de moverme un ápice, vi como empezaba a reptar, buscando la luz. Buscando la salida. No encontró resistencia a su paso. Mi voluntad no era ya mía. Contrayendo cada músculo de mi cara, me mostró la suya. Mía, suya. Mía, mía. Toda suya. Aquella cara no era humana, pero de alguna manera seguía siendo la mía. O no. Era como mirar a un infinito conocido. A un pozo donde nadan todos tus secretos. Algo embebido de vergüenzas y bajezas. Y sin embargo en su mirada había gozo y delirio. Había un loco. Un sádico. Y en esa cara poseída, pude distinguir a un compañero de fatigas. Alguien con quien había compartido cada momento de flaqueza.
Llevaba ahí dentro toda una vida. Y eso es lo que más me atormentaba. No tanto la maldad que desprendían sus ojos, sino lo familiares y cercanos que me resultaban. Era la primera vez que me enfrentaba a ellos, pero no la primera vez que los veía. Los reconocí de relámpagos en espejos y cristales. Siempre a mi lado. Fugaces, pero presentes en cada decisión y en cada momento de rabia. Eran lo más parecido a los ojos del hermano que nunca tuve. Un hermano que estaba intentando salir de ese cuerpo. O hacerlo suyo. Ante esa idea, el pánico me sobrecogió, y cerré los ojos, a tiempo de evitar que saliese de su escondrijo.
Se quedó dentro. Como siempre estuvo. Dentro. Donde siempre ha estado.
No ha vuelto asomar. Al menos no así. Quizás porque no le haya dejado, quizás porque no haya querido. Sea como sea, a veces siento esa sonrisa socarrona en el fondo de mi pecho, y temo por lo que pueda estar tramando.
Recuerdo un gesto. Un hilo de luz. Una mueca, como si desde lo más profundo de aquella mirada, alguien me sonriera. Y sin saber como, mi pupila dejo de ser mi pupila, y se convirtió en la suya.
Vi toda la maldad que un brillo puede engendrar. Sentí su frío como un calambre. Un frío, mezquino y despiadado recorriendo mi cuerpo. No había voces. No hacía falta. Su pensamiento era el mío. Supe lo que él sabía. Supe lo que se proponía. Quería salir. Quería salir y yo no sabía frenarlo.
Incapaz de moverme un ápice, vi como empezaba a reptar, buscando la luz. Buscando la salida. No encontró resistencia a su paso. Mi voluntad no era ya mía. Contrayendo cada músculo de mi cara, me mostró la suya. Mía, suya. Mía, mía. Toda suya. Aquella cara no era humana, pero de alguna manera seguía siendo la mía. O no. Era como mirar a un infinito conocido. A un pozo donde nadan todos tus secretos. Algo embebido de vergüenzas y bajezas. Y sin embargo en su mirada había gozo y delirio. Había un loco. Un sádico. Y en esa cara poseída, pude distinguir a un compañero de fatigas. Alguien con quien había compartido cada momento de flaqueza.
Llevaba ahí dentro toda una vida. Y eso es lo que más me atormentaba. No tanto la maldad que desprendían sus ojos, sino lo familiares y cercanos que me resultaban. Era la primera vez que me enfrentaba a ellos, pero no la primera vez que los veía. Los reconocí de relámpagos en espejos y cristales. Siempre a mi lado. Fugaces, pero presentes en cada decisión y en cada momento de rabia. Eran lo más parecido a los ojos del hermano que nunca tuve. Un hermano que estaba intentando salir de ese cuerpo. O hacerlo suyo. Ante esa idea, el pánico me sobrecogió, y cerré los ojos, a tiempo de evitar que saliese de su escondrijo.
Se quedó dentro. Como siempre estuvo. Dentro. Donde siempre ha estado.
No ha vuelto asomar. Al menos no así. Quizás porque no le haya dejado, quizás porque no haya querido. Sea como sea, a veces siento esa sonrisa socarrona en el fondo de mi pecho, y temo por lo que pueda estar tramando.
sábado, 14 de noviembre de 2015
Gran Torinos...
El sol pica en mi cara, y yo me escondo tras unos parpados blancos. Casi vírgenes.
Clint lo entendía bien. Una cerveza en una mano. Tu perra dormida a una distancia prudencial de la otra. Podrías hacerle un arrumaco, pero arruinaras su sueño. Y el momento. Hay veces que una distancia medida puede ser más intensa que la más pura de las caricias. Y mientras pienso en todo esto, el sol sigue entrando a raudales por el porche.
Desde el salón, llegan las rimas del gilipollas de Sabina, que sacan una faceta desconocida de mi. Y todo bañado por un sinsentido precioso.
El peso de la vida se siente adecuado. Justo y necesario. Es algo extraño. Es un estado de aceptación y parsimonia. Tu perra lo sabe. Y tú, a veces, también. Ella abre un ojo y te llena de sabiduría. No puede hablar. Ni falta que hace, porque esa mirada vaga y tullida solo quiere decir una cosa: "Esto es así". Y podrás vivir aceptándolo, o morir negándolo, pero lo cierto es que importa bien poco. Esto es así.
Y asi es. Vuelves a mirar de lleno al sol, como si la resaca no fuera contigo, y entiendes que hay futuros a los que tendrás que hacer frente. Momentos buenos y momentos malos. Y bebes otro trago. Y la cerveza cae espesa por tu garganta. y lo asumes. y aprietas los puños preparándote, para un momento que no esta cerca. Porque este momento, es lo más parecido que conoces a la gloria. Con tu perra a un lado y una cerveza al otro.
Clint lo entendía bien. Una cerveza en una mano. Tu perra dormida a una distancia prudencial de la otra. Podrías hacerle un arrumaco, pero arruinaras su sueño. Y el momento. Hay veces que una distancia medida puede ser más intensa que la más pura de las caricias. Y mientras pienso en todo esto, el sol sigue entrando a raudales por el porche.
Desde el salón, llegan las rimas del gilipollas de Sabina, que sacan una faceta desconocida de mi. Y todo bañado por un sinsentido precioso.
El peso de la vida se siente adecuado. Justo y necesario. Es algo extraño. Es un estado de aceptación y parsimonia. Tu perra lo sabe. Y tú, a veces, también. Ella abre un ojo y te llena de sabiduría. No puede hablar. Ni falta que hace, porque esa mirada vaga y tullida solo quiere decir una cosa: "Esto es así". Y podrás vivir aceptándolo, o morir negándolo, pero lo cierto es que importa bien poco. Esto es así.
Y asi es. Vuelves a mirar de lleno al sol, como si la resaca no fuera contigo, y entiendes que hay futuros a los que tendrás que hacer frente. Momentos buenos y momentos malos. Y bebes otro trago. Y la cerveza cae espesa por tu garganta. y lo asumes. y aprietas los puños preparándote, para un momento que no esta cerca. Porque este momento, es lo más parecido que conoces a la gloria. Con tu perra a un lado y una cerveza al otro.
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Otoño...
Busco
un esperpento que me ilumine.
A mi.
Al día.
Siento el frío y la fatiga en mi cara.
Me rindo
a una mañana interminable, y mi ánimo se desparrama.
Estoy entregado a la causa.
Entregado a la nada.
un esperpento que me ilumine.
A mi.
Al día.
Siento el frío y la fatiga en mi cara.
Me rindo
a una mañana interminable, y mi ánimo se desparrama.
Estoy entregado a la causa.
Entregado a la nada.
Devaneos...
Como si de una romance gitano se tratase...
Fin.
No hay mucho mas que decir. Tan solo dejas que la música suene y los dedos repten por un teclado maldito. Extrañas el sonido que el grafito hacía a su paso por el papel. Ahora es todo mucho más mecánico. Nada se arrastra. El repicar del teclado es un homenaje ecléctico a las tecnologías y a la podredumbre del individuo.
Creo que Leonardo habría sido un friki si viviese ahora, pero en mi mente prefiero verle como a un visionario que perdía aceite.
Y es que alguien tan obsesionado en su trabajo, carece de sexualidad. O quizás yo sea el obseso que no entiende que alguien pueda dedicar su vida a algo donde no haya perversión. Que absoluto aburrimiento. Una vida sin sonrisas robadas no es una vida en mi libro. Desafiar las leyes de la gravedad y cuestionarse los conceptos que rigen el mundo está muy bien. ¿Pero que hay de follar?
Si para ser un visionario tienes que renunciar a tus deseos y necesidades, hasta el punto en el que acabas trasvistiéndote, plantéate que algo falla. Quizás algo fallase antes. Algún fallo de fábrica, que termine convirtiendo el trabajo en la vía de escape de una mente reprimida.
Me imagino a Leonardo delante de su espejo antes de pintar la Gioconda, bailando al más puro estilo de Buffalo Bill en el silencio de los corderos, diciéndole al reflejo: "I would fuck me. I would fuck me good". De ahí la sonrisa. No es otra cosa que complicidad con su lado más travieso y corrupto, al cual no puede dejar de ver cada vez que se mira al espejo. Esa cara que parece estar musitando: "Nadie sabrá nunca que me estaba estrangulando a mi mismo y machacándomela como un mono, mientras pintaba esto".
Fin.
No hay mucho mas que decir. Tan solo dejas que la música suene y los dedos repten por un teclado maldito. Extrañas el sonido que el grafito hacía a su paso por el papel. Ahora es todo mucho más mecánico. Nada se arrastra. El repicar del teclado es un homenaje ecléctico a las tecnologías y a la podredumbre del individuo.
Creo que Leonardo habría sido un friki si viviese ahora, pero en mi mente prefiero verle como a un visionario que perdía aceite.
Y es que alguien tan obsesionado en su trabajo, carece de sexualidad. O quizás yo sea el obseso que no entiende que alguien pueda dedicar su vida a algo donde no haya perversión. Que absoluto aburrimiento. Una vida sin sonrisas robadas no es una vida en mi libro. Desafiar las leyes de la gravedad y cuestionarse los conceptos que rigen el mundo está muy bien. ¿Pero que hay de follar?
Si para ser un visionario tienes que renunciar a tus deseos y necesidades, hasta el punto en el que acabas trasvistiéndote, plantéate que algo falla. Quizás algo fallase antes. Algún fallo de fábrica, que termine convirtiendo el trabajo en la vía de escape de una mente reprimida.
Me imagino a Leonardo delante de su espejo antes de pintar la Gioconda, bailando al más puro estilo de Buffalo Bill en el silencio de los corderos, diciéndole al reflejo: "I would fuck me. I would fuck me good". De ahí la sonrisa. No es otra cosa que complicidad con su lado más travieso y corrupto, al cual no puede dejar de ver cada vez que se mira al espejo. Esa cara que parece estar musitando: "Nadie sabrá nunca que me estaba estrangulando a mi mismo y machacándomela como un mono, mientras pintaba esto".
Nocturno...
Y con un estruendo entran los bajos. Todo retumba y todo se mezcla.
Es lo que tiene la música, que no se ofende cuando hablas de alturas. Es precisamente en la mezcla de esos locos bajitos con las sílfides más altas y bellas, donde el placer se desboca y da paso al delirio. Poético, Trascendental. Etéreo. Imposible, y a la vez, tan sencillo...
Que vengan los delirios. Que se muera el ruido.
El silencio solo debería romperse por quien sepa llenarlo.
Es lo que tiene la música, que no se ofende cuando hablas de alturas. Es precisamente en la mezcla de esos locos bajitos con las sílfides más altas y bellas, donde el placer se desboca y da paso al delirio. Poético, Trascendental. Etéreo. Imposible, y a la vez, tan sencillo...
Que vengan los delirios. Que se muera el ruido.
El silencio solo debería romperse por quien sepa llenarlo.
miércoles, 7 de octubre de 2015
Salas de espera...
Sueros y drogas. La temperatura de torpor de la mosca. La hora bruja en la que la oscuridad abraza al ánimo. El último beso de una despedida. El último latido de un corazón. El momento antes del accidente. Los escalofríos que te sobrevienen recordando. Los escalofríos de la incertidumbre. El dormir bajo las estrellas. El morir bajo ellas.
Estaremos por siempre perdidos en la dualidad de nuestros hemisferios. De la parte pensante y la parte idiota. De lo racional y lo emocional. De la mente y la entrepierna.
No tenemos más que una cara para que nos la partan. Tan solo un corazón para que nos lo rompan. Y solo una vida para equivocarnos, tantas veces como podamos. Para aprender y sentir cada pequeña controversia. Toda una vida para coleccionar pensamientos que nos atrapen y se queden con nosotros a pasar la tarde.
Como la piel, nos curamos y limpiamos. Cicatrizamos y crecemos. Nos resentimos y secamos, solo, para volver a nutrimos del aire que nos rodea. Sangramos y sentimos las caricias. Y con el tiempo la inminente lluvia. Sentimos y sentiremos, hasta que llegue un día en el que no sintamos nada. Y ya sea por que estemos muertos por dentro o solo por fuera, la vida se terminará. Pero hasta entonces mójate. Baila y explora. Ensúciate y juega en el barro que te rodea. Aprende, y olvida. Equivócate y cáete. Cáete una y otra vez.
No hay nada mas bonito que la cabezonería que tiene la piel para perdonar nuestras torpezas.
Estaremos por siempre perdidos en la dualidad de nuestros hemisferios. De la parte pensante y la parte idiota. De lo racional y lo emocional. De la mente y la entrepierna.
No tenemos más que una cara para que nos la partan. Tan solo un corazón para que nos lo rompan. Y solo una vida para equivocarnos, tantas veces como podamos. Para aprender y sentir cada pequeña controversia. Toda una vida para coleccionar pensamientos que nos atrapen y se queden con nosotros a pasar la tarde.
Como la piel, nos curamos y limpiamos. Cicatrizamos y crecemos. Nos resentimos y secamos, solo, para volver a nutrimos del aire que nos rodea. Sangramos y sentimos las caricias. Y con el tiempo la inminente lluvia. Sentimos y sentiremos, hasta que llegue un día en el que no sintamos nada. Y ya sea por que estemos muertos por dentro o solo por fuera, la vida se terminará. Pero hasta entonces mójate. Baila y explora. Ensúciate y juega en el barro que te rodea. Aprende, y olvida. Equivócate y cáete. Cáete una y otra vez.
No hay nada mas bonito que la cabezonería que tiene la piel para perdonar nuestras torpezas.
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