El influjo de los maestros, llega hasta donde llega. Después te quedas solo y te toca seguir bailando sin música.
Ya no hay claros de luna, al menos no desde donde escribo, y la "obscuridad" se ha vuelto tan anodina en mi día a día, que parece absurdo siquiera el mencionarla. En cuanto a los leopardos... En fin. Eso ya es otra cosa. Nunca lo terminé de entender. Más allá de lo rimbombante que pueda sonar, y lo mucho que me guste el animal, se me escapan las metáforas, los simbolismos o sabe dios que leches sería eso.
Profundizando un poco más en los leopardos, pero ya sin intención de comprenderlos, mis ánimos de caza poco se asemejan a los del majestuoso felino. Yo no cazo de noche. Por la noche, en el mejor de los casos, recojo lo que se me ha ofrecido durante el día. Si no ha habido suerte, generalmente me lamo las heridas como estoy haciendo ahora mismo, encomendándome a algún dios pagano y a poder ser, al son de una copa de algo que sea más fuerte que yo.
Es complicado esto de entregarse a una hoja en blanco cada noche. Especialmente cuando no tienes nada que contar, y tu imaginación no da para recrear mundos mágicos donde personajes fantásticos tienen que hacer gala de habilidad, ingenio y carácter, para hacer frente a grandes retos que una vez superados les elevan a un plano de revelaciones personales a modo de moraleja. No. Mi puta realidad es tan sencilla y a la vez tan absurda, como solo la realidad puede ser. Me sobra y me vasta con esta pequeña aventura diaria que es sobrevivir a las expectativas ajenas, a los principios propios y de paso, intentar no cabrear a la gente a la que estimo.
Allá quedaron los trabajos de Hércules. A mi aún, me faltan once...
martes, 27 de marzo de 2018
lunes, 26 de marzo de 2018
El arte de virar o como aprender de la ostia...
A veces caerse es avanzar. Especialmente cuando corres en dirección contraria. Los hay que saben parar y dar media vuelta. Hay quien incluso sabe girar corriendo. Yo necesito caer, para darme cuenta de a donde coño estoy yendo...
Túnez...
Facilidad y entrega.
No.
Resignación contemplativa.
Budismo con un punto de añoranza.
Absurdo,
como todo lo que me rodea.
Mejor no pensar.
Pero si no pienso,
no actúo,
no espero,
no vivo,
no muero...
El frío me persigue. Incluso en Túnez. Incluso en el maldito desierto. Día y noche. Se mete en los huesos y rezuma por cada poro. Pero creo que estoy en calma. No sé donde estoy, pero creo que estoy bien. Esto debe de ser estar bien. Tampoco sabría distinguirlo. Llevo demasiados años deprimido como para medir.
Estoy aprendiendo a no esperar. No sé si es el principio o el final, pero a veces, entre el frío, siento paz.
Quiero pensar que no es abandono, sino aceptación. Fijar un nuevo firme. El anterior se quedó muy abajo. Muy antiguo. Obsoleto.
Quizás es lo que toca. Lo que llevaba necesitando todos estos años. Un nuevo fondo donde empezar. Sin atajos. Sin distracciones. Sin escusas. Tengo que soñar en el mañana. Un mañana que me ilusione.
Ilusión.
Ilusión, ilusión, ilusión...
No me canso de buscarte.
Te encontraré y te haré mía.
Por lejos que estés.
Por barata que seas,
te haré digna.
Digna de querer,
aunque para ello tenga que mancharme.
Imbuirme de vulgaridad.
Bajar al barro y abrazarlo.
Quizás sea momento de madurar. De asumir
que no hay sitio para el romanticismo.
Que las ruinas
no dan calor,
ni te abrazan por la noche.
Quizás sea el momento de entender
que la trascendencia,
la puta trascendencia,
pueda ser un hijo
en lugar de una carta de despedida...
No.
Resignación contemplativa.
Budismo con un punto de añoranza.
Absurdo,
como todo lo que me rodea.
Mejor no pensar.
Pero si no pienso,
no actúo,
no espero,
no vivo,
no muero...
El frío me persigue. Incluso en Túnez. Incluso en el maldito desierto. Día y noche. Se mete en los huesos y rezuma por cada poro. Pero creo que estoy en calma. No sé donde estoy, pero creo que estoy bien. Esto debe de ser estar bien. Tampoco sabría distinguirlo. Llevo demasiados años deprimido como para medir.
Estoy aprendiendo a no esperar. No sé si es el principio o el final, pero a veces, entre el frío, siento paz.
Quiero pensar que no es abandono, sino aceptación. Fijar un nuevo firme. El anterior se quedó muy abajo. Muy antiguo. Obsoleto.
Quizás es lo que toca. Lo que llevaba necesitando todos estos años. Un nuevo fondo donde empezar. Sin atajos. Sin distracciones. Sin escusas. Tengo que soñar en el mañana. Un mañana que me ilusione.
Ilusión.
Ilusión, ilusión, ilusión...
No me canso de buscarte.
Te encontraré y te haré mía.
Por lejos que estés.
Por barata que seas,
te haré digna.
Digna de querer,
aunque para ello tenga que mancharme.
Imbuirme de vulgaridad.
Bajar al barro y abrazarlo.
Quizás sea momento de madurar. De asumir
que no hay sitio para el romanticismo.
Que las ruinas
no dan calor,
ni te abrazan por la noche.
Quizás sea el momento de entender
que la trascendencia,
la puta trascendencia,
pueda ser un hijo
en lugar de una carta de despedida...
sábado, 24 de febrero de 2018
Ramplón ...
-No suenas bien.
-Tampoco estoy mal.
Como decía el chiste: "Cero grados; ni frío ni calor". Me revuelvo en mi propia dejadez, como un cerdo en la mierda. Una actitud contemplativa y ramplona que parece que lo envuelve todo. Una marcha directa que te permite pasar por la vida viendo a los peatones desde la ventanilla. Ellos viven su vida. Yo estoy en pausa, inmerso en un torpor invernal, más propio de un otoño largo. Sin demasiados visos de cambiar. Nada inquietante en el horizonte. O quizás si lo haya, pero ahora mismo no me lo parece.
Me dejo llevar mientras la gente a mi alrededor parece que disfruta. A veces, incluso, pese a mi compañía. No puedo decir que esté mal. Pero para eso tendría que hablar, y no me apetece...
-Tampoco estoy mal.
Como decía el chiste: "Cero grados; ni frío ni calor". Me revuelvo en mi propia dejadez, como un cerdo en la mierda. Una actitud contemplativa y ramplona que parece que lo envuelve todo. Una marcha directa que te permite pasar por la vida viendo a los peatones desde la ventanilla. Ellos viven su vida. Yo estoy en pausa, inmerso en un torpor invernal, más propio de un otoño largo. Sin demasiados visos de cambiar. Nada inquietante en el horizonte. O quizás si lo haya, pero ahora mismo no me lo parece.
Me dejo llevar mientras la gente a mi alrededor parece que disfruta. A veces, incluso, pese a mi compañía. No puedo decir que esté mal. Pero para eso tendría que hablar, y no me apetece...
jueves, 28 de diciembre de 2017
Un hombre con una mancha...
Todo parece que vuelve a su sitio.
Ese, que tanto miedo te da.
Ese, que tanto miedo te da.
No sabes exactamente que es,
ni donde está,
pero sabes llegar.
Nunca aposta.
Siempre consciente.
No podrías dar direcciones a nadie de como ir,
ni acercarte a pasar la tarde,
pero tus pasos siempre acaban ahí.
ni donde está,
pero sabes llegar.
Nunca aposta.
Siempre consciente.
No podrías dar direcciones a nadie de como ir,
ni acercarte a pasar la tarde,
pero tus pasos siempre acaban ahí.
No te hace bien.
Como cualquier otro estigma,
es algo que te marca y te identifica.
Algo que te acompaña.
Una mancha.
Una querencia pegajosa
de la que no puedes huir.
Es la casa a la que vuelves cuando estás perdido. Un lugar desolado, pero familiar. Supongo que el tiempo ha hecho que te acostumbres. Si. Costumbre. Costumbre y cadencia. Una espiral en la que te ahogas para volver respirar.
Como cualquier otro estigma,
es algo que te marca y te identifica.
Algo que te acompaña.
Una mancha.
Una querencia pegajosa
de la que no puedes huir.
Es la casa a la que vuelves cuando estás perdido. Un lugar desolado, pero familiar. Supongo que el tiempo ha hecho que te acostumbres. Si. Costumbre. Costumbre y cadencia. Una espiral en la que te ahogas para volver respirar.
Cuando estás dentro, la ansiedad se reduce
pero la tristeza aumenta.
Se respira algo parecido al aire,
pero que lejos de llenarte
te consume.
Te va asfixiando hasta que acaba contigo.
Es un sitio donde ir a morir
para renacer.
Un rincón donde abandonar lo que has sido.
Un cementerio.
Un puto cementerio de elefantes,
al que vuelves
una y otra vez.
pero la tristeza aumenta.
Se respira algo parecido al aire,
pero que lejos de llenarte
te consume.
Te va asfixiando hasta que acaba contigo.
Es un sitio donde ir a morir
para renacer.
Un rincón donde abandonar lo que has sido.
Un cementerio.
Un puto cementerio de elefantes,
al que vuelves
una y otra vez.
"Carcass" o el arte del vaciado...
Frío. Otra vez el puto frío. No hay quien lo aguante. Da igual lo que haga para luchar contra él. Mi casa parece un horno de fundición, pero nada parece alejar esa sensación de abandono.
Solía disfrutar de estas tardes de frío, acurrucado en el calor de un abrazo. Y sin embargo, a esto hemos llegado. La calefacción a toda pastilla. Iberdrola encantada. Yo pocho.
Sigo pocho. Pocho por dentro. Delgado por fuera. Más intoxicado. Más tocado. Cucú.... ¿Alguien vuela por ahí arriba? No creo. Ni siquiera los grajos vuelan con este frío. Ni alto ni bajo. Tan solo un par de buitres saltan de carcasa en carcasa. Pero están todas huecas ya. Nada que rebañar. Solo pellejo. Ya me encargué de dejarlas bien secas. Ni un poquito para la ilusión.
¿Cucú? Como una chota...
-Buscar. Buscar mejor que algo quedará. Sino quedase nada,. ¿Qué hago todavía respirando? Y es que, si no hubiese un mínimo de ilusión. ¿Qué me frena a saltar por el hueco de la escalera?
-Quizás que solo sea un primero, y ya estoy suficientemente tullido.
Más allá de seguir autolesionándome, no conseguiría nada. No estaría más lejos de esta silla. De esta vida. De esta mierda que tanto me ofusco en plantar a mi alrededor. Allá por donde paso... Siembro oleadas de soledad y desasosiego. Un germen. Un asco...
Solía disfrutar de estas tardes de frío, acurrucado en el calor de un abrazo. Y sin embargo, a esto hemos llegado. La calefacción a toda pastilla. Iberdrola encantada. Yo pocho.
Sigo pocho. Pocho por dentro. Delgado por fuera. Más intoxicado. Más tocado. Cucú.... ¿Alguien vuela por ahí arriba? No creo. Ni siquiera los grajos vuelan con este frío. Ni alto ni bajo. Tan solo un par de buitres saltan de carcasa en carcasa. Pero están todas huecas ya. Nada que rebañar. Solo pellejo. Ya me encargué de dejarlas bien secas. Ni un poquito para la ilusión.
¿Cucú? Como una chota...
-Buscar. Buscar mejor que algo quedará. Sino quedase nada,. ¿Qué hago todavía respirando? Y es que, si no hubiese un mínimo de ilusión. ¿Qué me frena a saltar por el hueco de la escalera?
-Quizás que solo sea un primero, y ya estoy suficientemente tullido.
Más allá de seguir autolesionándome, no conseguiría nada. No estaría más lejos de esta silla. De esta vida. De esta mierda que tanto me ofusco en plantar a mi alrededor. Allá por donde paso... Siembro oleadas de soledad y desasosiego. Un germen. Un asco...
jueves, 21 de diciembre de 2017
El desorden...
-¡Pero sube a casa! Hazte un filete en la plancha y cenas algo, ¡que no puede ser!- Grito la señora pese a estar a escasos metros de su hija.
-¿Y tu donde vas?- Preguntó la hija arrugando el ceño mientras encogía los hombros.
-¿Yo? A clase de zumba... - Contestó la madre con todo el desparpajo y la naturalidad. Como si sus sesenta y muchos años, tuviesen que ser reafirmados por actividades con nombres exóticos. Como si su nueva forma de vida fuera algo que necesitaba ser contrastado con la falta de rigor de los hábitos alimenticios de su hija. A buen paso me aleje de la escena, mientras la hija volvía la carga con algo que no pude/quise escuchar.
Un poco más adelante, en la carnicería de barrio de la esquina, una mujer rolliza troceaba un cabrito sobre su tajo. Golpes diestros que hacían saltar huesos. Delante de mi, y en la misma dirección vagaban un par de individuos encorvados. Unos de ellos, no podía ocultar su voz de yonqui, al comentarle al otro como le habían echado a patadas de su último trabajo. El otro, callado y sin prestar demasiada atención a lo que le contaban, observaba la calle oscura que se abría ante él. Su compañero escupió, a la vez que la carnicera clavaba su cuchillo en el tajo y un coche pitaba a otro por no acertar a arrancar. No duró más que un segundo, pero todo se sincronizo con una extraña armonía.
-El desorden... - Susurró el encapuchado para sus adentros, con una voz atemporal. Un suspiro tan discreto, que no cortó el trance lastimero en el que se encontraba su compañero, que continuó farfullando, ajeno a la escena. Ajeno a la sutileza y la perspicacia de su amigo. Ajeno al desorden del cual era parte ...
-¿Y tu donde vas?- Preguntó la hija arrugando el ceño mientras encogía los hombros.
-¿Yo? A clase de zumba... - Contestó la madre con todo el desparpajo y la naturalidad. Como si sus sesenta y muchos años, tuviesen que ser reafirmados por actividades con nombres exóticos. Como si su nueva forma de vida fuera algo que necesitaba ser contrastado con la falta de rigor de los hábitos alimenticios de su hija. A buen paso me aleje de la escena, mientras la hija volvía la carga con algo que no pude/quise escuchar.
Un poco más adelante, en la carnicería de barrio de la esquina, una mujer rolliza troceaba un cabrito sobre su tajo. Golpes diestros que hacían saltar huesos. Delante de mi, y en la misma dirección vagaban un par de individuos encorvados. Unos de ellos, no podía ocultar su voz de yonqui, al comentarle al otro como le habían echado a patadas de su último trabajo. El otro, callado y sin prestar demasiada atención a lo que le contaban, observaba la calle oscura que se abría ante él. Su compañero escupió, a la vez que la carnicera clavaba su cuchillo en el tajo y un coche pitaba a otro por no acertar a arrancar. No duró más que un segundo, pero todo se sincronizo con una extraña armonía.
-El desorden... - Susurró el encapuchado para sus adentros, con una voz atemporal. Un suspiro tan discreto, que no cortó el trance lastimero en el que se encontraba su compañero, que continuó farfullando, ajeno a la escena. Ajeno a la sutileza y la perspicacia de su amigo. Ajeno al desorden del cual era parte ...
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