miércoles, 24 de junio de 2026

Step aside, Butch...

Vivo con la certeza de que el día menos pensado me van a atropellar.  Y no hablo de un despiste o un conductor borracho. No.  Hablo de un atropello a traición. A cámara lenta. 

Un día yo estaré cruzando un paso de cebra y de forma casual y educada, al ir a agradecer el gesto, la mirada de la conductora y la mía se cruzarán. Desconozco que ex será la que esté al volante, pero indistintamente, dada mi naturaleza afable, me saldrá de forma instintiva una sonrisa que probablemente acompañaré con un gesto un tanto ambiguo con la cabeza que podrá ser confundido por una reverencia que sin duda será mal interpretada por la conductora. Pese a todo, no será tanto la reverencia como mi sonrisa socarrona lo que precipite una espiral de recuerdos y episodios en los que mi naturaleza ligeramente desprendida (aunque no por ello menos afable), no estuvo a la altura de corresponder el cariño, la entrega o sabe dios qué. Toda esa rabia contenida, sin duda sumada a años de terapia donde mi nombre desataba crisis de ansiedad, solo controladas respirando en bolsas de papel, se irá cocinando en cuestión de segundos, que parecerán años, hasta el punto de llevar a nuestra querida e irascible conductora a un estado de enajenación temporal, un tanto exagerado para mi gusto, que hará que pise a fondo el acelerador y me atropelle como Butch atropella a Marcellus Wallace. Respiremos y asumamos. De la cilindrada del coche y de la música que suene, dependerá la gravedad de todo el asunto, pero en cualquier caso la escena de yo subido en el capo de un coche estampado contra lo que primero que pille por delante, se me antoja inevitable. Del si se produce un tiroteo posterior o si acabaremos los dos amordazados en la trastienda de un perturbado con una chopper, eso ya lo desconozco. 

No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que el día menos pensado, me atropellarán.