Pero yo no me quejo. Tengo aire acondicionado. En todas las habitaciones. Lo puedo poner con el móvil. Todo un símbolo de poderío y hombría. Ya no tengo que bañarme en la piscina antes de irme a la cama, ni solo ni acompañado. Ya no le enseño el culo a la luna, ni solo ni acompañado. Ya no hay sudor, ni cloro en la almohada. Adiós a la liturgia. Adiós al sonido del ventilador y la cama mojada. Ahora tengo otras cosas. La rutina del baño. Supongo que también es una liturgia. Distinta. Cena, baño, dientes, cuento y cansancio. Es todo lo que queda cuando la casa se queda en silencio. Quiero pensar que esto pasará. Como diría un amigo "todo pasa". Y eso es lo que me da miedo. Todo lo que está pasando. Todo lo que ha pasado y no volverá. Veremos a ver cuando todo esto pase, que es lo que queda.
jueves, 9 de julio de 2026
miércoles, 24 de junio de 2026
Step aside, Butch...
Vivo con la certeza de que el día menos pensado me van a atropellar. Y no hablo de un despiste o un conductor borracho. No. Hablo de un atropello a traición. A cámara lenta.
Un día yo estaré cruzando un paso de cebra y de forma casual y educada, al ir a agradecer el gesto, la mirada de la conductora y la mía se cruzarán. Desconozco que ex será la que esté al volante, pero indistintamente, dada mi naturaleza afable, me saldrá de forma instintiva una sonrisa que probablemente acompañaré con un gesto un tanto ambiguo con la cabeza que podrá ser confundido por una reverencia. Una reverencia, que sin duda será mal interpretada por la conductora. Pese a todo, no será tanto la reverencia como mi sonrisa socarrona lo que precipite una espiral de recuerdos y episodios en los que mi naturaleza ligeramente desprendida (aunque no por ello menos afable), no estuvo a la altura de corresponder el cariño, la entrega o sabe dios qué. Toda esa rabia contenida, sin duda sumada a años de terapia donde mi nombre desataba crisis de ansiedad, solo sofocadas respirando en bolsas de papel, se irá cocinando en cuestión de segundos, que parecerán años, hasta el punto de llevar a nuestra querida e irascible conductora a un estado de enajenación temporal, un tanto exagerado para mi gusto, que hará que pise a fondo el acelerador y me atropelle como Butch atropella a Marcellus Wallace. Respiremos y asumamos. De la cilindrada del coche y de la música que suene, dependerá la gravedad de todo el asunto, pero en cualquier caso la escena de yo subido en el capo de un coche estampado contra lo que primero que pille por delante, se me antoja inevitable. Del si se produce un tiroteo posterior o si acabaremos los dos amordazados en la trastienda de un perturbado con una chopper, eso ya lo desconozco.
No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que el día menos pensado, me atropellarán.
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